Imaginemos


Gran parte del debate entre ciencia y fe no tiene razón de ser, aunque no le faltan combatientes. TUBO DE ENSAYO AUTOR Antoine Bret TRADUCTOR Antoine Bret 07 DE OCTUBRE DE 2018 00:20 h Por mucho que lo pretendan algunos ateos, la abiogénesis, es decir, la aparición de la vida, sigue siendo un enigma científico. Imaginemos por un momento que el enigma está resulto.

El equipo del Profesor Fulanito, de la Universidad de Nosedonde, ha encontrado un mecanismo mediante el cual pudo surgir la vida. Obviamente, le llamaron desde Estocolmo a principios de octubre para anunciarle que ha ganado el Nobel, y la noticia abre las portadas de todos los periódicos. ¿Cuál sería la reacción de los ateos aludidos anteriormente? Es muy probable que triunfarían. En efecto, muchos parecen pensar que Dios sólo “sirve” para tapar los agujeros de la ciencia. Seguro que considerarían la explicación de la abiogénesis como el triunfo del ateísmo. Pero ¿acaso tendrían razón? Creo que no. A lo mejor se habría derribado una parte del Dios-tapa-agujeros. Pero no del Dios de la Biblia.

Cuando Jesús nos pidió mirar a las aves del cielo para ver cómo nuestro Padre celestial las alimenta (Mt 6.26), dejó muy claro que la acción de Dios no tiene por qué ser milagrosa. Y cada vez que damos gracias por la comida, sabemos muy bien que alguien tuvo que ir de compras y cocinar para que podamos disfrutar de una rica paella. Ahora bien, ¿cuál sería la reacción de los creyentes? Obviamente, no reaccionarían en bloque. Pero puedo imaginar dos tipos de reacciones dentro del abanico de las respuestas cristianas. Unos aceptarían los hechos, pero su fe sufriría una herida profunda. Sin embargo, al igual que Egeo se suicidó para nada (su hijo Teseo no estaba muerto), tal suicidio espiritual no tendría ninguna razón de ser. Nunca dijo la Biblia que lo que Dios hace, siempre lo hace de forma milagrosa. Otros negarían los hechos, al igual que algunos ya lo hacen con la formación de las estrellas.

Se encarcelarían así en un conflicto que no tiene solución, al igual que pelear por demostrar que la tierra es plana, o por la edad del universo, no tiene salida. Lo único que se podría esperar entonces es que se rindieran lo antes posible, para dañar al cristianismo lo menos posible. Gran parte del debate entre ciencia y fe no tiene razón de ser, aunque no le faltan combatientes. Es muy resbaladizo hacer descansar nuestra fe sobre argumentos o bien falsos, o bien frágiles. Nuestra piedra angular debería ser Jesús, o como lo dijo el apóstol Pablo: “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3,11).

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